Los restos de tiza, desprendidos de la barra al deslizarse sobre la pizarra, a veces caían sobre su pantalón. Temblaba. Podía escuchar atrás a los demás compañeros cuchichear, mientras, sin verla a ella, imaginaba sobre él la sombra alargada que todos trataban de evitar. Podía imaginar la pesadez de la regla rústica que en más de una ocasión le habían descargado. “Culito de pollo,” le habían dicho, y después tuvo que esconderse al llegar a su casa, para que no viesen reventadas sus yemas y uñas, porque, pensaba él, si se daban cuenta, la tunda podía ser doble.
Seguía ahí temblando, y con su brazo trazaba la oración que ella le había explicado el lunes. Hoy era viernes, y todos debían saberla. El había estado atento. No divagó nunca ni cuando, el miércoles, Tato le enterró en las costillas el lápiz grafito para que saltase cuando la maestra los regañaba por andar sucios. Se había mordido los labios para callarse y sólo se movió un poco hacia adelante.
--¿Qué pasa, no sabe la lección? --preguntó mientras él alcanzaba a escuchar el golpe seco de la regla contra la palma de la mano.
--¡No es eso, maestra! --le dijo y de un solo tirón e, impulsado por el miedo, terminó la oración a la que más de algún niño gritó: ¡va pal cielo!, al descubrir la falta de horizontalidad de los caracteres trazados sobre el pizarrón.
--¡Muy bien! --dijo, y les preguntó a todos: ¿Qué dice aquí? Todos gritaron: MI MAMA ME MIMA.
¡Excelente! --dijo ella, mientras el niño, sudado y sucio, respiraba con calma, libre de pavor.
Esa tarde iba alegre. No lo habían golpeado ni dicho nada en la escuela. Llevaba intacto los dedos y no había conocido la burla. De un puntapié, abrió la puerta trasera de la casa. Su sombra, proyectada por la luz que venía del patio, le impedía ver adelante a su madre. Reconoció la figura en medio de la hiriente luz. Corrió a abrazarla.
-¡Mami¡ --dijo, mientras ésta le daba una bofetada.
-¿Por qué tiras la puerta? -le reprochó.
--¿Es que…, es que…?
-¡Callate! –le gritó y volvió a golpearlo.
El niño, tirado en el suelo, comenzó a quitarse el uniforme. Estaba más sucio. Había dejado de llorar. Pensaba aún en la gloria matutina de la escuela. Se decía bajito: Mi mamá me mima, mi mamá me mima, pero ni aún así entendía la oración, él sólo sabía que algo le dolía y le oprimía el pecho. Se levantó del suelo y se fue a lavar su uniforme.
Mostrando entradas con la etiqueta NARRATIVA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta NARRATIVA. Mostrar todas las entradas
miércoles, 12 de mayo de 2010
MI MAMA ME MIMA, CUENTO DE KALKI MARTINEZ
sábado, 8 de mayo de 2010
FINAL DE INVIERNO

POR GIOVANNI RODRIGUEZ
En algunos cuentos tradicionales los finales eran considerados como disparos certeros a la mente del lector, ya fuera para sorprenderlo o para solucionarle el conflicto planteado en toda la narración. Visto así, los finales justificaban toda la narración, lo cual implicaba casi la anulación del lector como ente pensante al finalizar la lectura. Parecía que toda la pieza narrativa había sido escrita sólo pensando en el final. No había, entonces, demasiados motivos para releer una ficción cuando conocíamos su final y cuando este final prácticamente desvirtuaba toda la acción desarrollada hasta llegar a él. El lector podía recordar después más el final del cuento que el cuento mismo, por la poderosa impresión que le dejaba. Pero en los cuentos de Dennis Arita (La Lima, 1969) esto no es así. Arita desestima los finales como metas a las que debe llegar el lector y en cambio le ofrece recorridos extraños, a veces insólitos, a veces oníricos, para que pueda preguntarse constantemente dónde está o qué ocurrió antes de llegar ahí. Así que el final de cada uno de esos cuentos puede ser uno o puede ser múltiple, pero lo más importante no será encontrarlo sino dejarse seducir y atrapar por esa necesaria y permanente posibilidad de búsqueda.
Reconocido como narrador desde hacía algunos años, cuando sus primeros trabajos aparecieron en las páginas de diarios y revistas nacionales, Dennis Arita decidió publicar, por primera vez en libro, algunas de sus ficciones breves en 2008 bajo el título Final de invierno. Compuesto por cinco cuentos largos, este libro supuso una grata noticia para la narrativa hondureña pues ya se sabía de los alcances que su autor, lector infatigable y acucioso, podía lograr con su ópera prima.
Y el resultado es una obra breve pero sustanciosa, de una profundidad inusual en la cuentística hondureña de los últimos años, comparable, en términos de calidad, con las mejores piezas de narrativa breve que ha producido la literatura nacional.
Nada es explícito en estos cuentos, y esto es algo que se agradece pues el valor de un libro de narrativa en estos tiempos ya no reside en las minuciosas descripciones topográficas o antropológicas –de eso ya se ocupó, en su momento, la novela costumbrista- sino en la eficacia demostrada por el autor en su intención de crear diversos significados posibles desde un mismo punto de origen.
Para empezar, “El río”, un cuento en donde somos testigos de las que posiblemente sean las últimas horas de Figueroa, un hombre que despierta a la orilla de un río, herido en la pierna derecha, intentando rearmar en su cabeza lo ocurrido antes de su pérdida de la conciencia. El proceso de recuperación de los recuerdos inmediatos de este personaje, dejándose llenar por “ráfagas de imágenes”, traza una posible ruta de lectura para éste y para los cuentos posteriores del libro pues la manera en que la memoria va reactivándose se asemeja bastante a la manera en que los lectores nos vemos obligados a recomponer en nuestra cabeza la historia que se nos cuenta. La situación que origina lo narrado es apenas evocada a través del personaje principal; son pocas líneas las que se ocupan de mostrarnos el incidente detonante de toda la acción narrativa, pero esas líneas bastan para que empecemos a completar, con nuestra imaginación, una historia de sangre. “Ni siquiera sabe qué podía contar o si había algo que contar y en qué orden”, dice la voz narradora, y así nos vemos por momentos los lectores, sin saber cómo interpretar lo leído o en qué orden, lo cual es motivo para involucrarnos en la trama, como una especie de detectives literarios.
En “Casas”, el segundo cuento del libro, una pareja da por sentado que Sierra, un personaje que ha perdido el camino a la ciudad, es el dueño de la casa nueva en la zona residencial en la que viven, y Sierra, afectado por una extraña fiebre y un dolor agudo en la espalda, termina también asumiendo que, efectivamente, es el dueño de la casa nueva, aunque ni siquiera quiso entrar a verla por dentro cuando el vendedor se lo propuso, porque había decidido que no iba a comprarla. Es un cuento en el que predomina una atmósfera onírica, que puede otorgar respuestas si lo leemos bajo el presupuesto de que podría tratarse de un sueño. Sierra, por ejemplo, no recuerda haber visto más que dos casas cuando se dirigía, en el carro del vendedor, a la zona residencial, mientras que a la vuelta se percata de que hay más, y sólo se lo explica diciéndose que “de alguna manera el camino de ida no es el camino de vuelta aunque sean el mismo camino”. La extraña fiebre y el dolor agudo en la espalda que afectan al personaje Sierra después de recibir un chaparrón imprevisto, lo sumen en un estado en el que se muestra incapaz de subvertir el orden de las cosas. Por eso llega a sentirse extrañamente cómodo en la casa de esa pareja de desconocidos sobre cuyo asiento de mimbre descansa, esperando que pase la fiebre. Por eso tampoco los contradice demasiado cuando lo tratan como al dueño de la casa nueva. Y por eso, finalmente, decide ya no dirigirse a la ciudad cuando logra salir de la casa de la pareja sino a su “nueva casa”, a la que ni siquiera ha entrado nunca y cuyo pomo, sin embargo, se apresta a abrir con absoluta naturalidad al final de la narración.
“Monstruo”, siguiente cuento del libro, es, posiblemente, el más receloso de todos. En el viaje de Peralta a la casa de su madre en el sur hay varias incógnitas y alguna sospecha un tanto arriesgada. Entre las incógnitas, podría contarse la de por qué tenía Peralta 15 años de no visitar a su madre si la casa de ésta quedaba a sólo tres horas de distancia en bus. También la de si existe entre Ramírez y la madre de Peralta una relación más allá de lo meramente comercial. Y esta última podría generar otra: ¿por qué la madre de Peralta había retirado de la pared de su casa el retrato de su padre y los diplomas de su hermano? Y lo que uno alcanza a sospechar, si el morbo da para tanto, tiene que ver con la naturaleza de la relación entre Peralta y su madre. Pero para esa sospecha y para las preguntas que el cuento genera no encontraremos más respuestas que las que nuestras relecturas y nuestra imaginación puedan procurarnos. Porque la intención de su autor no es plantearnos situaciones ambiguas para después aclarárnoslas sino simplemente introducirnos en un mundo espeso, poblado de dudas, y su juego consiste precisamente en mantenernos en una calculada incertidumbre.
En “Edificios después de la lluvia”, Juan Mendoza sigue viendo intacto el edificio que albergaba el café, a pesar de que él mismo decidió su demolición y de que hay pruebas de esa demolición, entre ellas a su compañero Funes asegurándole que efectivamente así ocurrió. Pero el asunto de la demolición del edificio es lo más importante sólo en apariencia, porque en realidad las relaciones de los dos personajes principales, Mendoza y Funes, con las mujeres que tienen cerca es lo que invita a pensar verdaderamente. El tipo de empresa para la que los personajes trabajan, el motivo de la demolición del edificio y el final de la narración, en el que se producen dos posibilidades, no se comparan, en cuanto a incógnitas, con la relación de Funes con su esposa y con la más que posible relación de Funes con Laura, por la que al parecer Mendoza también siente un afecto especial. ¿Qué hay entre Funes y Laura? ¿Qué ocurre con Funes y Laura después de la supuesta demolición del edificio del café? ¿Qué pasa con Ana a partir del momento en que Mendoza le hace la revelación más importante del cuento? Esas son las preguntas que afloran a esta altura del libro.
“Final de invierno”, el último de los cuentos, parece estar constituido por elementos más realistas, menos oníricos o surrealistas que los que componen los cuentos anteriores. En la monotonía de los días del protagonista y de su amigo Rodríguez entran Micaela y el Rubio. Ella, una mensajera enviada por Rodríguez al protagonista. El Rubio, el objeto del mensaje. Rodríguez quiere demostrar a su amigo que su teoría de que “no hay nadie que haga lo mismo todos los días” es incorrecta pues ahí está el Rubio, un profesor de colegio que a la salida de su trabajo repite cada día los mismos gestos, los mismos pasos, para dirigirse al bar en donde lo espera una mujer de pelo negro, con quien sale y se pierde por las calles de la ciudad. “Ahora sé que el pie que ponía en la primera grada era siempre el derecho y que cuando tomaba el brazo de la mujer de pelo negro que lo esperaba quince pasos más adelante lo hacía con la mano izquierda, mientras con la derecha rozaba leve la mejilla mongólica y la sien para apartar, siempre, un mechón rebelde”, leemos. Las instrucciones de Micaela, que llega a ser la amante del protagonista, son precisas: no debe alterar el curso de los acontecimientos, no debe intervenir nunca, no debe tratar de modificar nada. Pero llega el momento en que el personaje rompe las normas y acaba con lo que Rodríguez llamaba “ese milagro” repetitivo del Rubio. Lo que viene es algo que, por respeto a los lectores, no debo reseñar aquí, ya que contiene, como sugiere su título, un final contundente, más cerca de esos finales de algunos cuentos tradicionales de los que hablaba al principio.
Para tratar de acercarse al espíritu o a la poética de estos cuentos hay que acercarse primeramente a sus personajes, pero esto no resulta nada fácil desde la simple y curiosa circunstancia de que en la mayoría de las veces sólo llegamos a conocerlos por sus apellidos, lo cual, de cierta manera, obliga al lector a mantenerse alejado de ellos. Desde este detalle, Arita nos impone una distancia o una valla que sólo nos permitirá cruzar nuestra capacidad para indagar. Y en esto radica ese espíritu o esa poética de estos cuentos: en propiciar dudas en el lector para obligarlo a interrogarse, aunque eso no le garantice respuestas definitivas.
Todo lo que los personajes dicen en estos cuentos, desde una frase larga hasta una simple exclamación, puede tener un valor significativo a la hora de intentar descubrir lo que realmente ocurre. Todo aquí es dudoso o sospechoso, pero sólo para el lector, porque la información nunca le es revelada completamente, mientras que para los personajes nada de lo que ocurre parece estar fuera de lo normal. El lector podría suponer que de entre los diálogos de los personajes extraerá la información necesaria para comprender todo lo que les ocurre, pero esto no es así pues estos diálogos no están escritos para informar sino para alimentar la trama y en ellos los personajes parecieran sentirse cómodos en la atmósfera espesa en la que se mueven pues asumen lo que sucede sin cuestionarlo demasiado.
Lo que para los personajes es normal, para el lector es ambiguo. Pero la ambigüedad, lejos de lo que podría pensarse, es un artificio perfectamente armonizado dentro de la trama. Arita ha debido pensar –y escribir- primero las historias para después desmontarlas y rescribirlas dándoles tan sólo una apariencia de linealidad, porque cuando nos proponemos encontrar el punto de partida de cada una de estas historias para seguir el hilo que conduce hasta el posible final, tenemos que leerlas y releerlas varias veces, tomando notas aquí y allá, poniendo en orden los hechos; sólo así logramos el pleno disfrute y la comprensión de este libro, lo cual es digno de señalar como gran mérito de su autor.
Conocemos poco a poco a los personajes, pero no a través de frías y aburridas descripciones en los primeros párrafos sino a través de los acontecimientos narrados, de manera que estos acontecimientos se convierten en los verdaderos narradores de las historias. Los narradores omniscientes o en primera persona no son quienes nos revelan algo. De donde al fin y al cabo extraemos alguna información para ayudarnos a completar las historias es de lo que ocurre y nos es contado. Y sin embargo no todo nos es revelado. Los narradores describen hechos puntuales, pero estos son apenas lo que sobresale de la parte subyacente de la historia. Lo ocurrido antes y que no nos ha sido narrado con exactitud es lo que contiene el principio de todo y lo que nos va dejando pistas, como piezas de un rompecabezas que debemos armar con nuestra perspicacia o nuestra intuición.
Estos cuentos son surrealistas en el sentido de que se componen de imágenes que no están regidas estrictamente por la conciencia. Contienen, sí, momentos en los que se identifica episodios realistas (un asesinato, una pelea), pero estos sólo están ahí para establecer la conexión necesaria entre lo real y lo imaginario, como para recordarnos que a pesar de todo, de las situaciones insólitas que se producen a menudo, de los diálogos que dan la apariencia de que todo lo que sucede es absolutamente normal pero que no lo es, lo que al fin y al cabo se nos narra está insertado en el mundo real, en una realidad objetiva, en la vida cotidiana, y que si se ven afectados de vez en cuando por algo de “irrealidad” es porque así considera el autor que merece ser tratada su realidad inmediata. De ninguna otra manera uno logra explicarse, por ejemplo, la aparición de un extraño –y casi gratuito, podríamos decir- “monstruo” en el solar de la casa de la madre de Peralta en el pueblo, que a él le pareció que “tenía el tamaño de un toro o un búfalo”; o la naturalidad con la que Sierra, en el cuento “Casas”, asume su situación en casa de unos desconocidos; o lo absurdo de que dos personas se dediquen, sin un motivo más que el de cumplir con su trabajo, a la demolición de edificios que al parecer no necesitan ser demolidos.
Importa más en estos cuentos el ejercicio narrativo puro y menos los resultados que se deriven de la acción, más la fijación en la memoria lectora de las imágenes sugeridas que la composición de realidades y paisajes precisos, más la búsqueda incesante que lo que pueda resultar de ella. Y esto es algo que hace huir a algunos lectores, acostumbrados a la narrativa premasticada, poco dispuestos a hacer frente a aquello que no entienden a cabalidad.
Quienes se permitan la aventura de leer con la debida atención este libro estarán otorgándole un respiro a su inteligencia y podrán darse cuenta de que la narrativa de Honduras no tiene que estar teñida necesariamente con el aburrido color local con que solemos verla sino que puede alimentarse de otros ámbitos, de otros climas y de referencias más universales. Con este libro, definitivamente, Dennis Arita confirma su valía como narrador de primera línea y abre otra vertiente en la ruta de la nueva narrativa hondureña. (Tomado de mimalapalabra)
viernes, 7 de mayo de 2010
ENTREVISTA CON DENNIS ARITA

"Después de leer Final de invierno, el primer libro de cuentos de Dennis Arita, y de escribir una reseña (que no "análisis", señores ignorantes, con todo el significado que esa palabreja contenga), decidí enviarle vía e-mail unas preguntas al autor. Un par de días más tarde, vuelve el e-mail con mis preguntas y sus respuestas, que creí prudente dividir en dos partes. En la primera, que viene a continuación, se habla casi exclusivamente de H y su literatura, y finalmente, de aquel grupo de amigos llamado Arlequín, al que perteneció Arita. Leamos entonces." (Palabras de G. Rodríguez, editor de mimalapalabra)
¿Cuál es el estado actual de la narrativa hondureña? ¿Qué signos y síntomas podés observar?
Para comenzar voy a decir algo que puede parecer brusco. No soy experto en literatura y apenas he publicado un pequeño libro de cuentos que sólo se vendió en dos universidades y en una librería sampedrana. Es posible que algunos ejemplares sigan ahí. Si me limito a los últimos cinco años, me ha alegrado que se publicaran algunas buenas narraciones de autores de la zona norte. Por desgracia soy algo haragán y no he investigado a fondo qué textos narrativos interesantes han salido en otras regiones del país.
Algunas narraciones les hacen la contra a esas dignas publicaciones. Las raras veces que voy a las librerías, porque casi nunca me ajusta para comprar libros nuevos y prefiero los usados que hallo por puritita suerte cuando hurgo en los estantes de los librovejeros, me he encontrado con ciertas sorpresas: novelas y cuentos recientes de hondureños que se atreven a agarrarse a macanazos con géneros inesperados como la ciencia ficción, el melodrama más barato y cursi, las investigaciones policiales... para todos da el Señor. Los vicios, o a saber si las virtudes, de esos libros son su redacción atolondrada, sus lagunas de lógica que los hacen parecerse a los balbuceos de un recién nacido, sus argumentos que buscan abarcar el universo y se quedan en relajos en todos los niveles: oraciones, párrafos, capítulos... libros enteros, incluyendo solapa, portada y contraportada, sin olvidar la foto del autor. Si esas novelas las leyera un público mayoritario podrían aumentar exponencialmente el número de los locos.
Los gringos dicen "so bad it's good" para hablar de productos muy tontos que no logran ser repugnantes porque su increíble torpeza los vuelve divertidos. Esos libros de los que hablé ahí arriba pertenecen a ese sector especial del mundo de la creación.
Desde mi punto de vista, que al rato no es del todo creíble, en Honduras se escriben algunos libros muy buenos que merecen ponerse en estantes destacados de librerías extranjeras y otros tan malos que hasta divierten. En casos muy raros me he topado con textos narrativos hondureños pésimos que no son para nada entretenidos y más bien me han causado un temor profundo... como de cosa preternatural. Esas veces puedo decir que he visto el abismo abrirse bajo mis pies.
¿Creés que es cierto eso de que Honduras es un país de novela sin novelistas?
No entiendo del todo la frase "Honduras es un país de novela sin novelistas", pero supongo que se refiere a que en Honduras abundan los temas para escribir novelas, pero los novelistas hondureños no han aprovechado esa riqueza para escribir muchas narraciones. Me parece que la frase encierra un significado más profundo y agrio: en Honduras abundan los hechos peculiares, digamos que hasta inverosímiles, o sea la clase de sucesos que son materia prima de la novelística, y que esa asombrosa materia en bruto no les ha llamado la atención a multitudes de novelistas.
También supongo que la frase da por sentado que esos textos deberían ser buenos. Si es así, supongo que la frase es verdadera porque el país ha tenido pocos novelistas e incluso menos que exploren a fondo una realidad increíblemente variada y rica en toda clase de sucesos que llenarían bibliotecas completas.
Creo que la verdad es más trivial. Falta formación y disciplina. En Honduras la educación es defectuosa y más la formación humanística. La gente lee poco por esa razón y un poco menos porque los libros son caros o porque no están disponibles en todas partes, y ya se sabe que leer muchas veces origina el deseo de redactar textos. Además, muchos de los escasos individuos que se dedican a escribir novelas son indisciplinados aunque les sobre imaginación.
Al fin y al cabo escribir novelas y leerlas no es tan vital… es una forma de pasarla bien. Son hasta cierto punto instructivas porque nos ayudan a conocer aspectos de la realidad que de otro modo no conoceríamos. Pero si nadie escribiera novelas ya hubiéramos inventado otra forma de entretenernos.
Si pudieras enumerar algunos, ¿cuáles serían los grandes temas de la narrativa hondureña en toda su historia?
Mejor aclarar primero que siempre he sido un lector desordenado y eso no sólo me ha impedido conocer completamente la literatura hondureña, sino la literatura de cualquier otro país. No tengo un programa de lecturas que siga al pie de la letra, como aquel personaje de La náusea, de Sartre, que planeaba leer a todos los autores posibles en orden alfabético. Se me hace que mis lecturas de narrativa hondureña han sido, digamos, pocas y sobre todo me he dejado llevar por el azar. Después de aclarar eso, podría decir que en los libros de narrativa hondureña que he podido leer, dos temas muy importantes son la vida rural y los conflictos sociales en las ciudades.
¿Creés que ya dejamos atrás el costumbrismo y la tendencia al llamado “realismo mágico” los narradores hondureños?
No encuentro nada perjudicial en el costumbrismo, que tiene pinta de ser una categoría inventada para que los redactores y lectores de historias de la literatura se sientan cómodos. Si un autor es talentoso y disciplinado puede crear ahorita mismo excelentes novelas costumbristas, escritas con fluidez, agradables de leer, amenas y quién sabe, hasta poderosas. El realismo mágico es otro cuento. No se mantiene vigente como creo que sí se mantiene el costumbrismo y más parece una moda que si es mal adoptada puede dar textos narrativos flojos.
Respecto a lo que me preguntás, creo que el realismo mágico influyó en varios autores hondureños y que ya desde hace un tiempo ha sido a medias abandonado en favor de otras búsquedas literarias. El problema es que algunas de las nuevas búsquedas con el tiempo podrían ser también modas pasajeras y a veces dañinas.
¿Surgen, o han surgido en su momento en Honduras, obras de narrativa verdaderamente innovadoras que puedan, o pudieron, ponerse a la altura de la mejor narrativa publicada en el resto del mundo?
Pues tendría que averiguar qué significa "mejor narrativa" o qué narraciones pueden considerarse las mejores. Puede que salga más fácil hacer una pequeña lista de los mejores libros de narrativa mundial y ver si los textos narrativos hondureños pueden compararse con ellos. Falta saber con qué criterios haría esa lista. Lo mejor que podemos hacer es ponernos a leer y observar y luego escribir un buen libro. El tiempo y la publicidad efectiva pueden convertirlo en un texto conocido incluso más allá de nuestras fronteras.
¿Cómo creés que observan, aunque sea de lejos, la narrativa hondureña los lectores norteamericanos o europeos? ¿Creés que nos siguen viendo como eternos habitantes de la periferia de Macondo o de Comala?
Sería muy atrevido si dijera algo respecto a la opinión que los europeos y gringos tienen de nuestra narrativa. Ya ha sido bastante temerario haber respondido a las preguntas anteriores, considerando que sólo he publicado un libro de cuentos que casi nadie conoce. La verdad es que no tengo la menor idea de lo que piensan de nuestra narrativa los lectores europeos o estadounidenses.
¿Qué queda de Arlequín, aquel mítico grupo de amigos, excelentes lectores y críticos mordaces?
Me queda un buen amigo, Marco A. Madrid.
Estoy seguro de que no existió como grupo con un nombre determinado y estoy más seguro de que no es mítico. El nombre que le han dado, con cierto aire burlón en algunos casos, salió de un boletín y de una sección cultural que publicaban algunos de esos amigos en un diario de San Pedro. En todo caso éramos unos cuantos camaradas que de 1990 a 1997 ó 98 nos reuníamos para charlar sobre cualquier tema mientras tomábamos café y a veces -muchas, me temo- no hablábamos de nada realmente importante o, en mi caso, decíamos muy poco. Nos prestábamos libros, veíamos películas, las comentábamos, algunos trabajaban, otros (yo) no. Era una camaradería como cualquier otra que había comenzado con un gusto afín por la literatura. En el año 2000 me fui a Tegucigalpa, donde viví cinco años, y perdí contacto con la mayoría de ellos hasta que regresé a San Pedro en 2005. Desde ese año acostumbro reunirme con Madrid a conversar y hablar de esto y de lo otro.
Ha transcurrido mucho tiempo, desde que empezaste a mostrarte como narrador, hasta ver publicado Final de invierno, tu primer libro de cuentos. Aparte de las normales dificultades para publicar en Honduras, ¿existía alguna otra razón para retrasar la aparición de ese libro?
Sencillamente no me interesaba publicar un libro. Sé que publicar requiere invertir dinero y no lo tenía. También sé que endeudarme por una publicación me exigiría vender la edición para pagar mis deudas y eso me desagradaba. Así que sólo escribía y guardaba mis cuentos.
Final de invierno es un libro en el que, como dice Helen Umaña en la contraportada de la primera edición de 2008, "cada relato se dispara en múltiples preguntas". ¿Cuáles son las preguntas que más te interesa hacerle al lector?
Cuando escribí esos y otros cuentos no pensé nunca en el lector. Da algo de vergüenza confesarlo, pero ni modo. Generalmente se me venían una o dos, con suerte tres imágenes a la cabeza e intuía que estaban unidas por un nexo. Luego esperaba el momento en que el nexo se hacía más aparente y llegaba el momento de hacer que esas imágenes encajaran por medio del lenguaje. El lector, por desgracia, no entraba en mis cálculos. También podría decirse que soy mi único lector. ¿Por qué no? Al principio fue así porque nadie más que yo leía mis cuentos. Luego, cuando se los mostré a mis amigos, de alguna manera seguí siendo mi único lector porque de hecho no sabía qué reacciones esperaba de ellos al leer lo que yo escribía. Vi en mis amigos mi propio reflejo y me di cuenta de que ni siquiera yo sabía bien qué reacciones esperaba que me causaran... Sólo sabía que había unas imágenes -un monstruo en medio de un patio desolado, una mujer vestida de blanco en una habitación a oscuras- y que debía buscar palabras adecuadas para unirlas. Eso era todo. No tenía intenciones pedagógicas ni metafísicas ni filosóficas. Lo único que me quedaba era crear el mejor lenguaje del que pudiera echar mano para que esas imágenes no quedaran rodando por ahí porque eso me habría hecho sentir mal. Al final, supongo que el lenguaje es lo que me llama la atención. Si soy un reflejo de mis hipóteticos lectores, puedo decir que más que hacer preguntas hago lenguaje.
En tus cuentos ocurren siempre situaciones extrañas y ambiguas, que pocas veces tienen explicación o encuentran resolución. ¿Es ésta tu intención al escribir o a medida que escribís va manifestándose la voluntad del texto?
Me dejo dominar por las imágenes y el lenguaje y de ahí va saliendo todo... Creo que es una combinación de ambas cosas: voluntad de unir las imágenes y sometimiento a esas imágenes. La realidad cotidiana es tan ambigua, extraña e inexplicable como cualquier cuento. A veces más. Sólo hay que ver una hora de noticieros. Muchas cosas quedan sin resolver en la realidad de todos los días, en la que camino, como y trabajo. Me atrevería a decir que en ella no se resuelve nada, que cada cosa que hacemos está como preñada de incertidumbre. Desde ese punto de vista, un cuento que parezca cerrado y resuelto puede ser considerado una estafa o una muestra de voluntad creativa que escapa a la tiranía de lo cotidiano. Sería una estafa porque nos mostraría una realidad en la que A lleva a B, aunque en la realidad es usual que A lleve a C o a F, o a ninguna parte. O sería una imposición del autor, libre de toda atadura "real", precisamente porque se niega a dejar las cosas sin resolver y en cambio presenta situaciones que llevan a desenlaces deseables o lógicos. Un poco en broma, diría que esos cuentos que publiqué son rigurosamente realistas porque en ellos nada queda resuelto.
La eterna pregunta: ¿La trama o el estilo? ¿Lo que se cuenta o la manera en que se cuenta?
Imagino que al escribir "estilo" te referís a la sintaxis, a la extensión y la "música" de las frases, a los párrafos, al léxico. Nunca he pensado en una trama y en cambio sí he pensado en el lenguaje, como te dije antes. Si se me permite decir que el lenguaje se relaciona más con el estilo que con la historia que se cuenta, entonces es posible que al escribir esos cuentos me llamaba más la atención el estilo que la trama. Pero me gustaría escribir narraciones con tramas que "atraparan" a un lector. Hablo así porque en realidad me agradan mucho esa clase de libros de tramas bien trabadas; por ejemplo, algunas novelas policiales. Recuerdo una novela que no es policial, Middlemarch, de George Eliot. Es una extensa novela costumbrista, con varias tramas que se entrelazan y que me causaron enorme placer. Así que como lector me gusta eso y quisiera imitarlo algún día.
¿Cuál ha sido tu manera de buscar un estilo propio? ¿Lo has encontrado?
No he buscado un estilo, pero sí he buscado escribir lo mejor que he podido. No sé si he tenido suerte…
¿Qué importancia tiene la palabra “Honduras” en tu obra? ¿Te importa mucho que nuestro país figure como escenario en ella?
Aunque esa palabra no apareciera nunca en un relato mío, tiene mucha importancia porque acá vivo, ¿no? Escribo bajo el calor de San Pedro, en una colonia en la que asesinan a alguien distinto casi cada semana. ¿Cómo podría escapar de eso? Si escribiera un cuento sobre dos astronautas chinos que viajan a Júpiter, lo escribiría en este calor apremiante, luego de haber comido frijoles con arroz y tortillas, mientras de fondo se oyen los noticieros hablando sobre una amenaza de hambruna en algún pueblo de Choluteca o Valle. Más tarde iría a dar un paseo por el mercado El Rápido, siempre bajo el sol quemante… y sentiría el olor de verduras fermentadas y de sudores. Si ando suficiente dinero, podría entrar en un café del centro y miraría por las ventanas a los vendedores de chica y a los cambistas, a los travestis y las putas jóvenes. Si voy a otro café lejos del centro, oiría a los viejos que critican las movidas del gobierno nacionalista, la situación de los colegios magisteriales y lo del aumento al mínimo. Todo eso, que es Honduras, estaría de fondo y hasta de escenario tácito en el relato sobre dos chinos que viajan a Júpiter.
¿Cuáles serán las principales diferencias de tu próximo libro de cuentos con respecto al primero?
Tengo varios cuentos por ahí y todos son tan ambiguos como los del libro que publiqué. En eso se parecen bastante. La diferencia estaría en cómo los ordenaría y les daría una especie de continuidad como conjunto. En Final de invierno lo que hice fue juntar varios relatos en los que apareciera el agua, más que todo en forma de lluvia. Salvo en el cuento titulado “Monstruo”, donde lo que hay es frío y no lluvia y por eso lo puse en medio del libro. Empleé otras maneras de lograr la continuidad de un cuento a otro, pero no vale la pena mencionarlas. Si publico otro libro de cuentos, los nexos entre las historias serían distintos, ya no sería el agua… creo que ésa es la diferencia primordial.
Te hemos oído hablar de una novela que estás escribiendo. ¿Cómo va ese proyecto?
Es cierto. Estoy escribiendo un texto extenso que tiene la apariencia de una novela. Es un relato que superficialmente cuenta una historia de policías, putas y ladrones, pero en el fondo es sobre vigilancia y más en el fondo es sobre voyeurismo, sobre verse unos a otros por miedo, por prevención, por deseo, etc. Como sé que soy haragán, me decidí a escribir todos los días una cuota. No diré que respeto ese método, pero lo he intentado y llevo más de mil páginas manuscritas. Creo que será una novela de unas 400 ó 450 páginas. Algo así.
¿Por qué la decisión de pasar, al menos por el momento, del cuento a la novela?
Sólo quería probar si puedo escribir una novela… y la mera verdad es que todavía no estoy seguro de que puedo hacerlo, pero en eso estoy.
¿Qué sensaciones te produce el hecho de estar escribiendo una novela? Me refiero a sensaciones que quizá no tenías cuando escribías sólo cuentos.
Siento más libertad. Un cuento es más difícil porque exige ser conciso. En una novela puedo explorar más a fondo. En el cuento se me ocurría algo que parecía interesante pero me decía “mejor no, si pongo esto se alargaría mucho, nunca lo terminaría”. En una novela no es así. También he tenido que ser algo disciplinado. No mucho. Es malo excederse en todo.
¿La escritura de esta novela, que por lo que hemos oído será algo extensa, ha alterado de alguna manera el ritmo de tu vida?
No tanto. Sencillamente las dos horas que antes dedicaba a vagabundear ahora las paso escribiendo un poco para ir avanzando. De alguna manera es ganancia porque aprendo a ser responsable a una edad avanzada, pero por otro lado es dañino porque no hay actividad más ilustrativa que andar de vago.
¿Se llevan bien tu trabajo como corrector de textos en un diario y tu voluntad de escribir ficciones? ¿Llega a afectar lo primero a lo segundo?
Hago ese trabajo mecánicamente para que no me moleste demasiado. Sí me daña los ojos, que se enrojecen más que antes. Leer libros se ha vuelto más difícil porque paso leyendo noticias seis horas seguidas, pero lo compenso viendo muchas películas. Ayer mismo vi La casa de las ventanas que ríen, muy buen filme de terror del director italiano Pupi Avati.
¿Habrá siempre motivos para seguir escribiendo o esa voluntad depende de las circunstancias?
Espero que siempre haya motivos porque escribir es algunas veces entretenido.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)